Seguir creando

Rendirse parece una actitud de viejos más que de jóvenes; emprender algo, en cambio, parece más de jóvenes que de viejos, pero aprovechar el impulso de rematar un proyecto y disfrutar de las oportunidades es de sabios sea cual sea su edad.

El poeta alemán Goethe acabó Fausto a los 80 años; Verdi, el compositor italiano tenía 85 cuando compuso el Ave María; Miguel Ángel trabajó a diario hasta su muerte —89 años— probablemente le ocurría lo mismo que a Pau Casals, uno de los músicos más célebres del siglo xx, quien opinaba con 90 años que era demasiado viejo para retirarse. Para retirarse es posible, pero no para celebrar su boda. Con 84 se casó con una mujer sesenta años más joven.

¿Será quizás la creación, el arte, lo que mantiene vivas a las personas? Pues no sería de extrañar. Cualquier día un científico, nonagenario él mismo, publicará un estudio que lo demuestre. Porque la ciencia es otra disciplina o forma de vida de la que nadie se jubila.

La ciencia, la pintura, la música… y la empresa, la banca, la política… y ¿por qué no la cartografía, la carpintería, la enseñanza…?

¿Llegar a los 60 años y traspasar la barrera de una nueva década transforma al que los cumple? Pues vayamos por partes: no hay ningún cambio biológico, psicológico o ambiental rotundo de un día para otro. Nada que no haya ido ocurriendo desde el día que nació, o por lo menos nada definitivo desde que el crecimiento, allá por los veintipocos años, se detuvo. Habrá que acatar que es más una actitud interior.

«Esto de los años es bastante psicológico ––dice Julián G. Antón, estrenando recientemente sus sesenta y pocos y su jubilación–– y la verdad es que uno no lo nota demasiado, más bien te lo hacen notar. La gente joven empieza a llamarte de usted y eso ya es muy sintomático. Pero uno tiene la impresión de que el tiempo no ha pasado por él. Somos muy conscientes de nuestros cambios físicos, pero ahora hay una doble imagen: de un lado, la de los 18 años y, por el otro, la actual. Es difícil de entender, pero nos pasa así.

Aunque la llegada de los 60 pueda imponer un poco, lo positivo es pensar que hemos llegado casi sin darnos cuenta y con menos deterioro del que temíamos. Vamos, que somos mayores, pero no como aquellos abueletes de 60 que veíamos cuando éramos niños»

Mafalda, esa gran pensadora del siglo xx, sentenció una vez: «Recién ponés los pies en el suelo, se acabó la diversión». Ella se refería al columpio, claro, pero nosotros nos hemos bajado de la cincuentena, paraíso de la madurez interesante donde cabe todo en aras de que hoy la vida empieza donde un siglo atrás era impensable. Vale, pues ya los hemos puesto.

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