Los sin tele

Se puede vivir sin televisión. Y bien, además. Los pocos que lo consiguen son ricos en tiempo. Quedan más veces a cenar con los amigos. Recuperan el hábito de la conversación. Aprenden a tocar un instrumento de música o leen las noticias en el periódico o en el portátil. Para ellos el universo de las telenovelas, la telerrealidad o los  personajes del mundo del cotilleo les pillan tan lejos como los términos de aeronáutica a un heladero, en el caso de que no se haya especializado en ello.

Marcos Gonzáles Más, de 62 años, empleado a tiempo parcial en una oficina, no tuvo ni que tomar la decisión. Fue operado de los ojos hace cinco años, por lo que permaneció con ellos vendados durante dos meses.

––El palo fue tan fuerte que tuve que poner mucho de mi parte para sobrellevarlo. Moverme incluso por casa me producía terror. Salir a la calle, impensable. De forma que tuve que reeducarme. La radio me salvó la vida.

––Su mujer y sus hijos ¿no veían la televisión?

––Se solidarizaron conmigo y no la encendieron en todo ese tiempo. Me leían periódicos, libros. Creo que hablábamos más que nunca. Aproveché para repasar el inglés ––y no vea cuánto se abre el oído cuando no hay vista––. Después empecé con el acordeón. Dos horas al día venía una profesora que tuvo que enseñarme incluso a colocar los dedos porque nunca había cogido uno.

––Y cuando volvió a ver ¿ya no le interesaba ningún programa?

––Ni uno. En aquellos dos meses, por una parte horribles, tuve tanto tiempo para otras cosas que rompí con la inercia de enchufar la tele nada más llegar a casa. Y no la echo de menos. Mis hijos ahora sí la ven, pero yo les digo que cada cosa vale para lo que vale. Que igual que no meten las botas en la nevera, no tienen que esperar que ese aparato sirva para darles todo lo que necesitan.

Los Perales, dos abogados sesentañeros sin trazas de jubilarse por el momento, sí tomaron una drástica decisión. Viven en el mismo bloque desde hace veintisiete años. Allí nació su hijo, hoy independizado.

Propusieron a sus vecinos, cuatro puertas por cada uno de los cinco pisos, un día al mes sin tele, una especie de ayuno de imágenes y sosiego para sus oídos. A cambio organizan desde entonces una cena en el descansillo. Montan las mesas en el rellano de la escalera y cada vecino saca de su casa sillas, cubiertos, platos y comida. Comparten las recetas y la conversación. Empezaron siendo siete u ocho comensales intelevidentes por un reto y ahora a veces tienen que cenar por tandas.

Carlos Pons vive en Madrid cinco días a la semana; de sábado a lunes se vuelve a su casa, en Málaga. Como el traslado de la empresa de publicidad en la que trabaja iba a ser temporal ––ya lleva tres años y le quedan otros tres para jubilarse–– no se molestó en comprar un televisor.

––Me he dado cuenta del tiempo que roba. Ahora leo más. Periódicos, revistas y novelas. Voy al teatro. A mí me sigue gustando ver el cine en el cine. Y la música a todas horas y en cualquier parte. Tenía un montón de discos que no había ni abierto. Y los que me apasionaban cuando era joven, que no me canso de escuchar. Aunque lo que más tiempo me lleva es el bricolaje. Por cabezonería me empeñé en no comprar muebles y me los he ido haciendo. De diseño: el mío. Cuando me vaya, se los voy a cobrar a millón a la dueña, una amiga de mi mujer.

––Y ¿no nota que los demás comentan en el trabajo cotilleos o programas que a usted ni le suenan?

––En absoluto. Creo que eso es un tópico. Se habla desde el punto de vista profesional,  de lo que nos interesa. Además ellos saben como soy.  Tenemos una relación estupenda. Claro que he resultado un portero fabuloso para su equipo de fútbol. Jugamos los jueves al medio día. Yo en mis tiempos había sido semiprofesional.

»Y con uno que vive en este mismo barrio echamos la partida de ajedrez los lunes por la noche en un café de aquí cerca. Otro placer que he  podido recuperar gracias a no ver la televisión.

––Pero, ¿se considera bien informado?

––Desde luego. La radio, los periódicos… y tengo Internet en el portátil. Las noticias, foros o entrevistas que yo elijo. No necesito que me pasen tres veces al día las mismas imágenes repitiendo los mismos comentarios. Lo que más hago a través de la red es ver lo que se cuece fuera en la profesión. Tanto en Europa, América como en Japón.

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