¿De dónde viene?

Supongamos: de una amarga convivencia, con hijos de por medio que han mamado las discusiones casi diarias y las manipulaciones de ambos cónyuges. El error de la prolongación de ese suceso paraliza y envenena de tal manera a cualquiera de los protagonistas que cuando cada uno vive en una casa, ha de empezar a restaurar los daños colaterales para poder iniciar una nueva aventura.

Quizás de unos años frenéticos: embarazo del segundo cuando el primero estaba echando los dientes; el afrontar que el mayor quisiera abandonar la carrera mientras la probable anorexia de la pequeña le tenía en vilo, en un tiempo en el cual la conciliación de trabajo y vida familiar ni se nombraba.

Del afán de progresar en su trabajo y el esfuerzo de mantenerse, sobre todo cuando empezaron a desembarcar en su empresa jóvenes más preparados que usted.

Día tras día, era tanto lo urgente, que asistió al crecimiento de sus hijos con asombro; y ahora, si a los mayores les sugiere que se emancipen, le hablan del euribor. Si en un alarde de previsión para su propio futuro contrató un plan de pensiones recibirá la información del banco con incredulidad. Años y años con la lengua fuera y sin un resto de atención hacía usted mismo.

O supongamos que lo que ha dejado atrás es una estimulante vida profesional de la que le cuesta desprenderse pero que afronta sin miedo alguno.

Pepa M., se jubiló al cumplir los 70 años, ahora tiene 73, después de trabajar largo tiempo como patóloga: «Me había preparado mentalmente para la caída de los años y para cortar con la actividad de un trabajo de esa envergadura. He sentido añoranza de personas que he dejado de ver o que han dejado de estar… También de mi trabajo y de los colegas del hospital. Pero desde el principio asumí que era una nueva etapa la que llegaba y tenía que enfrentarme a ella con la misma energía con la que me he enfrentado a otro tipo de causas».

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