Juventud, ¿divino tesoro?

Tomeu Z., de 63 años, participa con un grupo de senderistas de su edad o de algunos años más, en los recorridos que hacen semanal o quincenalmente por la costa y las montañas de la isla de Mallorca. En la mochila carga siempre una ración de paciencia para sobrellevar arrogancias.

—Casi todos nos conocemos. A veces alguien nuevo acompaña a alguno de los habituales pero en la marcha que habíamos decidido hacer desde Sóller a la Costera, de dificultad media (distinguida por 3 botas, no muy dura pero tampoco de paseo), tuvimos una intrusa dominguera. Antes de la salida se presentó una chica de treinta y tantos años vestida con una faldita, una camiseta y porqueres, ese calzado menorquín con suela de rueda de camión plana y más propio para ciudad que para los caminos de montaña.

—No podría dar ni un paso.

—La osadía de los jóvenes es a veces una sorpresa más para los que les contemplan que para ellos porque, claro, están en posesión de la verdad y a ver quién es el guapo que les encara. La entrada no fue buena; al comprobar que no había nadie de su edad, no se le ocurrió otra cosa que decir: «¡Vaya, pero si sois todos de la quinta del 14! ¡Menudo plan me espera!

—¿Nadie la puso en su sitio?

—No era necesario.

—¿Y eso?

—Comenzamos la caminata a nuestro ritmo habitual: sin prisas pero sin pausas. Y claro, tiene subidas, bajadas, estrechos caminos y ella se iba quedando atrás y sin resuello, hasta que en un momento dado escuchamos: «¡Basta ya!».

—Por lo menos reconoció que se había pasado al tratarles de viejos.

—No estoy seguro. Es más, la mayoría no hicimos ningún comentario e intentamos seguir nuestro camino; una compañera sí que le dijo con sorna: «Querida, es que no se puede querer escalar el Everest con ese calzado y esa ropa, pero tampoco se puede caminar libremente por aquí con ese atuendo.

—¡Se quedaría de piedra!

—¡Qué va! Sólo repetía: «Esto es una matada. No doy ni un paso más, estáis todos locos».

—¡Qué impertinente!

—Y tanto. No quedó ahí la cosa, cuando le dijimos que se volviera, dijo con todo descaro: «Sí, hombre, para despeñarme; no me muevo de aquí si no me acompañáis».

—Allí se quedaría, ¿no?

—Pues no. Este tipo de personas siempre tiene suerte, así que dos compañeros decidieron regresar con ella para evitar males mayores, y para no llevarlo en su conciencia, aunque a ellos les hubiera partido la excursión.

—La próxima vez…

—Si hay una próxima vez parecida a ésta, le prometo que quien se vuelve antes de echar a andar soy yo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *