Optimista irredenta

Alix lleva unos años trabajando para el Ministerio de Asuntos Exteriores en zonas consideradas peligrosas o de guerra. Ése fue el caso de Irak y, ahora, algo menos movidito le resulta su nuevo destino, también en Oriente Medio. Tiene 61 años y todas las ganas de vivir.

—Hablar de la mayoría de edad, me produce sensaciones y sentimientos enfrentados. Por ejemplo, suelo hacer cuentas del tiempo que me queda por delante, y como soy una optimista irredenta, creo que viviré más allá de los 80 años. Entonces empiezo a decirme que me quedan unos veinte años en buenas condiciones.

—Una perspectiva estupenda.

—Eso parece, pero también me cuestiono la edad cuando con algún motivo absurdo me voy a bailar a un sitio cutre dónde los haya, a reventar de  pilinguis limítrofes —etíopes, eritreas, somalíes etcétera—, ¡pobrecitas mías! porque no llegan ni a profesionales y los golfos occidentales y los chulos locales las manejan a su antojo, pero me veo arrastrada a lugares así y como la música suele ser marchosita, me digo a mí misma para no deprimirme, baila como si no te viera nadie —esto recomiendan los adjuntos que recibo por e-mail sobre la edad, ¿por qué será que recibo muchos últimamente?—, suéltate el pelo, engánchate a la barra y exponte en plan suicida al escarnio de los espectadores, los mismos de siempre en el mismo antro.

»Yo sigo pensando que estoy muy joven para los 61 años que he cumplido ––en ocasiones dudo respecto a la fachada––, pero de ahí no me apea nadie, de que me dure el seguir haciendo excesos montañeros. Seguro que tendré que controlarme si no quiero acortar mis expectativas. Lo cierto es que subo, bajo, corro, viajo, supero cuantas dificultades me surgen con el esfuerzo que ello requiera… Lo mío, mi parte, la tengo dominada, pero tengo otra parte, también mía, más mía que la anterior: mis hijos.

—¿Le preocupan?

—Sí. Son palabras mayores, será mi castigo por mi alocado proceder. Puede que me lo merezca pero, ¿y ellos?, ¿qué será de ellos?

—Darán con el camino ejerciendo el derecho ––y cumpliendo casi con el deber–– de equivocarse, supongo.

—Ya, pero no me tranquiliza. Esta es la otra cara de la moneda que siempre entrego por la cara «A», la otra procuro ocultarla, entre otras cosas porque me produce vergüenza y porque no sé cómo resolverla. Es muy tarde, y creo que por mi parte no voy a poder hacer nada. Quizás sea éste el motivo para que me empeñe en vivir muchos años: no dejarlos desamparados, ya que no les supe educar. Aunque en el fondo, me pasa lo que a todo el mundo, no me quiero morir, y si me muero, no quiero ni enterarme.

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