Sedentarios de papel

Ejemplos de sedentarios hay miles. Rafael Chirbes los lleva a la portada de su libro El viajero sedentario. Y Ricardo Talenski al teatro con el nombre de La pereza que tal vez en los años setenta viera interpretada por Fernando Fernán Gómez, o en otras reposiciones posteriores.
La cama es el reino tanto de personajes literarios como de sus autores. Marcel Proust y Juan Carlos Onetti escribían en la cama. Y en la cama viajaba Edgardo en Eloísa está debajo de un almendro, de Enrique Jardiel Poncela. Tuvo un desengaño amoroso y ese mismo día se acostó para no levantarse más. El encamado viajaba gracias a un mayordomo curado de espantos en aquella casa de locos, que se sabía todos los recorridos y horarios del tren, le mostraba diapositivas de paisajes y tocaba la campana cuando entraban o salían de las supuestas estaciones.

Molly Bloom, en el último capítulo de Ulises, de James Joyce, deja fluir sus pensamientos desde la cama en una noche de insomnio.

Pero hoy, el reino y el trono del sedentario común, no de literatura, es el tresillo, normalmente enfocado hacia una pantalla de la que manan infinidad de imágenes con el afán de  atraparle sin remisión.

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