Perder la censura

N. S., dedicada durante muchos años a cuidar de padres, tíos y amigos, al cumplir 60 años se metió en vena una alegría largamente soñada. Abandonó Madrid y se instaló en su tierra, pegadita al Mediterráneo, donde las horas se alargan y se vive más en la calle que dentro de las casas.

—Cumplir los 60 me empujó suavemente a la reflexión y ésta a ser consciente de que la edad no es lo importante sino lo que has vivido hasta ese momento.

—De vivir en Madrid a hacerlo en Santa Pola, es un gran cambio.

—Es verdad. Pero ahora disfruto mucho más de los amigos, aunque añoro a los que se han quedado en Madrid. Pero no dejamos de hablar y, de vez en cuando se dan una vuelta por aquí.

—¿En qué emplea el tiempo libre?

—Camino mucho, voy al gimnasio, leo muchísimo porque me encanta, quedo con los amigas y organizamos encuentros y comidas porque siempre es bueno celebrar el nuevo día con muchas risas y ciertos atrevimientos.

—¿Cómo cuáles?

—Sin ir más lejos, bromear con todos los que llaman por teléfono, cientos, queriendo vender algo. Es como si hubiera perdido la censura.

—¿Viaja?

—Claro, me encanta. El hecho de vivir en la costa y parecer que estás de vacaciones eternas, no quiere decir que me encierre. El último viaje fue un pequeño recorrido por Italia y, dentro de unos meses, vamos a Venecia.

—No para.

—Mientras haya vida… ¡Ah! y con el coche solemos irnos un grupito a recorrer los rincones de España. Así que: «¡Vivan los 60, los 65 y los que vengan!».

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